| Especiales PAD |
| El reflejo |
| Por: Crestomatía 2016-03-05 - 22:44:42 / |
Una mañana me desperté con dolores en distintas partes del cuerpo, sin fuerzas para levantarme y preocupado porque ya era tarde para salir. Traté de alistarme lo más rápido posible, hasta que me detuve a mirar el espejo mientras me lavaba los dientes. El reflejo de mi rostro me parecía un objeto inerte sobre esa fría pared. Me toqué la cara y sentí que mi piel ya no era tan suave como hace algunos años. Tenía bolsas en los ojos por no dormir y una pequeña arruga se formaba en mi frente; pero era inevitable, el paso de los años me estaba consumiendo, y eso me preocupaba. Dejé de ser niño, alegre todo el tiempo, sin preocupaciones más que encontrar amigos. Dejé de ser adolescente, soñador, sin preocupaciones más que vestir a la moda o conseguir novia, pero sobretodo disfrutar de mi música. Atrás quedó todo eso: sólo me quedaban cinco minutos para estar listo y pescar micro para llegar al trabajo. Miré por mi ventana para ver si había tráfico. Recordé entonces que antes solía ir a jugar con los Gutiérrez, mi primo y otros amigos; corríamos en aquel callejón jugando al pesca-pesca; ahora corría todos los días por ese mismo callejón para no llegar tarde. ¡Qué bello hubiera sido congelar ese momento hasta la eternidad! De ser así, siempre vería en ese espejo a aquel niño lleno de vida. Ya era muy tarde y mi rostro cansado sólo me desalentó. Volteé el espejo contra la pared para tranquilizarme – hasta hoy lo dejé así. Bajé corriendo las gradas y al abrir la puerta –desgracia mía– un viejito con una enorme sonrisa llena de arrugas me miró. Traía un trajecito café muy gastado y un sombrerito gracioso sobre su escaso pelo blanco. Su rostro estaba tan bronceado por el sol y su cuerpo muy encorvado. Agarraba apenas un bastón con su magullada mano izquierda. - Permiso, caballero, estoy apurado –le dije. - ¿No tienes hora, joven? –difícilmente balbuceaba el viejo.
Traté de decirle de nuevo que estaba apurado y que no molestara, pero me dio pena. También tenía curiosidad por saber para qué quería la hora ese viejo. Le dije que ya eran las 7:45 al ver mi reloj, y me fui. Me gritó entonces: “¡Ayúdame a pasar al frente!” ¿Qué le pasa a este señor?, me pregunté. ¿Quién se ha creído para darme órdenes? “Por favor, joven, también estoy apurado”, me dijo. Soy la persona más curiosa del mundo; sólo por eso lo ayudé a pasar al frente. Quería saber dónde tenía que llegar tan afanado el viejito. “Estoy yendo a la plaza Murillo a darles comidita a las palomas. A las ocho de la mañana bajan para desayunar; hay que ir a arrojarles maíz, migas de pancito.” Así charlando se fue el viejito. No recuerdo si ese día llegué tarde al trabajo; pero de lo que estoy seguro es que, desde ese mismo día, no quise voltear el espejo del baño. Tenía miedo de ver mi rostro cansado, cada día más avejentado. Simplemente no quería ver el paso del tiempo sin poder detenerlo, sin poder retener hasta la eternidad los años que no volverán: mis mejores años. No me animaba a sentir la nostalgia de jugar en el callejón con los chicos o conseguir novia y andar preocupado por la música. Sobre todo, no quería ver que estaba empezando a parecerme a ese viejito. Pero hoy es diferente: hoy estoy listo para ver por fin mi reflejo. De nuevo son las 7:45... aunque ya no me preocupo por llegar tarde al trabajo, ni en encontrar novia, ni en la música o en vestirme como me gusta, ni mucho menos en encontrar amigos. Lo único que importa ahora es llegar a tiempo para darles desayuno a las palomas; se me hace tarde. Lo veo y ya no me parece un objeto inerte; ahora pienso que cada arruga representa el paso del tiempo de lo que fue mi vida: llena de preocupaciones temporales que le dieron sentido y me hicieron feliz. (Texto publicado en http://www.voicesofyouth.org) |
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