La historia lo demuestra. Ni la Independencia ni las libertades formales bastaron cuando millones de mexicanos siguieron excluidos de la tierra, del trabajo digno y de la justicia social, bajo un régimen de corrupción, privilegios, entreguismo, represión y simulación electoral que definió al porfiriato.
Por eso fue necesario transformar. Y volver a transformar.
En nombre de una modernidad excluyente, los periodos neoliberales debilitaron los derechos sociales, privatizaron la economía sin pudor y vaciaron de contenido social a la Constitución. Se quiso convencer al país de que la soberanía era un estorbo y que la patria era apenas una palabra hueca.
El resultado fue el mismo de siempre: millones relegados y una minoría acumulando privilegios.
De ahí el fondo del mensaje presidencial. No es retórica ni consigna. Es advertencia histórica: si es necesario, habrá que volver a luchar cuantas veces sea necesario contra el entreguismo, los privilegios y los errores —humanos y políticos— que ignoran el mandato popular.
Porque las transformaciones no son capricho: han sido el paso indispensable para crecer como país.
En suma, México no se vende, ni se arrodilla ante intereses conservadores internos ni externos.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |