El primero en cometer el error fue Rocha Moya al convertir un señalamiento personal en un ataque contra la 4T. Después vino el coro completo de Morena: dirigentes, legisladores y operadores salieron a defender no solo al gobernador, sino al movimiento entero.
Y así construyeron exactamente la narrativa que la oposición necesitaba: “Si Rocha dice que el ataque es contra Morena… entonces Morena carga el problema”.
Lo curioso es que la presidenta Claudia Sheinbaum sí entendió el tamaño del riesgo político y lo enfrentó con una postura fría, institucional y quirúrgica: “Nosotros no vamos a cubrir a nadie que haya cometido un delito”.
Ahí estaba la línea que sus operadores y la clase política guinda no la entendió y terminó haciendo lo contrario: abrazó el problema, personalizó la defensa y convirtió un caso delicado en bandera partidista.
Es decir. Sheinbaum entendió el costo político y tomó distancia institucional; Morena no entendió la línea y terminó abrazando el problema.
Por eso el tema ya dejó de ser solo jurídico. Ahora es desgaste político rumbo al 2027 y 2030.
Y justo ahí entra el interesante paralelo que plantea Yuriria Sierra hoy en Excélsior: mientras Lázaro Cárdenas -1935- tomó distancia de Calles para fortalecer su poder, Ernesto Samper -1995- en Colombia decidió defender lo indefendible… y terminó arrastrando a su gobierno.
No son casos iguales, pero sí dejan una lección común: cuando el poder confunde lealtad con encubrimiento, el fuego político termina alcanzando a todos.
Y quizá por eso Sheinbaum decidió un camino diferente a Cárdenas y a Samper. Su propio estilo, su propia marca.
La pregunta es si su partido lo entendió… o ya es demasiado tarde.
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