La deuda pública de Veracruz no es un accidente reciente. Es el resultado de años de manejo discrecional, opacidad y, en algunos casos documentados, corrupción abierta. Basta recordar los pasivos heredados de administraciones anteriores, donde el endeudamiento no se tradujo en infraestructura ni en bienestar social, sino en una carga que sigue pesando sobre generaciones que no participaron en esas decisiones.
Hoy, el gobierno plantea actuar bajo la Ley de Disciplina Financiera de las Entidades Federativas y los Municipios, lo cual es correcto en términos normativos. Sin embargo, cumplir la ley es lo mínimo exigible, no un mérito. La verdadera prueba está en la transparencia real del proceso: ¿se harán públicos los nuevos términos de la deuda?, ¿se conocerán las tasas negociadas?, ¿habrá claridad sobre los costos totales a largo plazo?
Porque aquí está el punto central: renegociar deuda no es sinónimo de reducir deuda. Es, en el mejor de los casos, una herramienta de administración financiera que puede aliviar presiones de corto plazo, pero que también puede convertirse en una trampa si no se maneja con rigor técnico y honestidad política.
El argumento de liberar recursos para salud, educación e infraestructura es legítimo. Nadie podría oponerse a ello. Pero la experiencia indica que esos recursos “liberados” rara vez llegan íntegros a donde se prometen. La tentación del gasto corriente, del compromiso político inmediato o de la obra de relumbrón suele imponerse sobre la planeación de largo plazo.
Por otro lado, el sector empresarial observa con expectativa, mientras la oposición exige transparencia. Ambos tienen razón, pero se quedan cortos. Aquí no basta con observar ni con exigir: se necesita vigilancia permanente y rendición de cuentas efectiva. La deuda pública no es un asunto técnico reservado a especialistas; es un tema profundamente político porque compromete el futuro de millones de veracruzanos.
Y en ese sentido, la narrativa oficial enfrenta un dilema: si la renegociación es exitosa, deberá demostrarse con cifras verificables y beneficios tangibles; si no lo es, quedará como un episodio más de simulación financiera.
Veracruz no necesita discursos sobre disciplina fiscal; necesita resultados medibles, decisiones responsables y, sobre todo, memoria. Porque olvidar cómo se llegó a esta situación es el primer paso para repetirla.
Renegociar sin transparencia no es solución: es simplemente refinanciar la opacidad con cargo al futuro.
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